EL BOLI VIEJO

Será muy probablemente por mi sentido epicúreo de la vida, ese que arrancó en la Bizkaia profunda va para medio siglo, pero no sólo me encanta comer, sino también ver cómo lo hacen otros. Parte de una concepción antigua de la salud que supone aceptar con liberalidad cualquier exceso y te sume en el terror que frisa el pánico achacando la cercanía de la muerte ante una falta de apetito.

Es por eso por lo que adoro El Boliña Viejo de Gernika. Por su autenticidad. Me atrapa ese respeto numantino al credo culinario en el que ya creían en tiempos de la dictadura de Primo de Rivera. Su biblia no es la estética del continente, sino la contundencia inabarcable del contenido. La ligazón de las salsas, el punto excelso de la bechamel en las croquetas, la rotundidad de una bandeja de fritos, de los de comunión setentera en bandeja Duralex,  el secreto nunca suficientemente valorado del rebozado en la merluza, el picante exacto en la casqueria de morros y callos.

Todo ello en manteles de papel, para que gastar en tintorerías y con un menaje en el que hace tres décadas estaba recién impreso el escudo del poblado, con la hoja de roble del árbol patrio, y cuberteria de Malta, del tiempo en el que en Gernika la juventud se enchufaba 200.000 pesetas al mes por estampar cubiertos esnifando óxido de plata

Es un legado trasladado de padres a hijos que actualmente comanda Miguel y que heredó de la incansable Araceli y del asceta Basilio, que erigido en amo y señor feudal del local siempre se sentaba en la misma silla de la misma mesa a la misma hora. Marcando el poderío con la boca cerrada y con los artejos postrados sobre el mantel. Ya la postura era más que una enseñanza de que tampoco hay por qué pensar tanto. En esta vida muy pocas cosas son blancas o negras. Casi todo es siempre de un tono gris.

A mi me lo enseño mi aita, como ocurre en los pueblos con la cadena de transmisión de los misterios locales. A el no se lo pudo enseñar el suyo, porque lo mando al Valle de Josafat un conductor bohemio en la Nochevieja del 69, por lo que sería conocimiento autoaprendido. En cualquier caso, se trata de patrimonio afectivo cuyo testigo pasa de padres a hijos.

En cuanto a su decoración, o ausencia de la misma, ocurre como con los objetos cotidianos, si no tienen más uso que la contemplación, terminan tarde o temprano por convertirse en parte del decorado, por hacerse invisibles. Justo hasta que un acontecimiento inusual —una mudanza, una rotura fortuita o  el comentario de un extraño— los rescata del limbo, concediéndoles de nuevo la facultad de ser percibidos.

Miguel, en los últimos cinco años, ha pintado, limpiado la cocina, colocado dos stores psicodélicos y una tulipa apaiisada blanquinegra con pretensiones.

Esfuerzo válido. Nadie va al Boli Viejo a hacer un master avanzado de decoración de interiores.

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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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