COVID. MÁS UNA OPORTUNIDAD QUE UNA AMENAZA.

Que el negocio taurino viene arrastrando un tiro en el ala es algo que ni siquiera niegan el coro de irreductibles y corifeos del sector. Los aficionados, ya pertenezcamos a la cofradía de los silentes o los protestones, nos conformamos con lo que nos dan.

Más o menos, como el oficinista que lleva comiendo veinte años el menú del día del mismo restaurante. Se embucha lo que le sirvan, lo mismo le da igual judiones, júreles, sopa castellana o ensalada ilustrada, se sienta, paga y a por el tajo de la tarde esquivando el sopor.

La realidad es que la fiesta de los toros ha ido perdiendo, paulatinamente, protagonismo social y económico. Como esos puertos de mar del norte construidos hace siglos sobre una ladera que cada año se iban desplazando un par de centímetros hacia el mar, los toros iban languideciendo al no haber sido capaces de adaptarse a la modernidad que les rodeaba.

Las razones son variadas, y probablemente me dejaré alguna. Una sociedad cada vez más urbana con pérdida de peso de lo rural, la imposición de lo edulcorado y lo políticamente correcto, el caínismo propio de un sector en el que cada gremio (empresarios, matadores, subalternos, picadores e incluso mozos de espadas) sacrifica lo colectivo en pos de, no solo de lo individual, sino, si le es posible de saltear al de al lado. Y la dificultad intelectual de asimilar a unos tipos vestidos de Polichinelas protagonizando una liturgia arcaica (aprehender todo lo que emana de una tarde de toros requiere cierto trabajo formativo previo) 

Unido a la ausencia de figuras con peso mediático (los mandones de los noventa continúan encabezando los carteles sin la tan necesaria renovación), la escora política de la fiesta hacia la derecha lo que ha hecho renegar de ella a la mano siniestra, y lo anti económico de la mochila organizativa en los pueblos, con unos costes tan prohibitivos y una burocracia tan esquizofrénica que parece haber sido diseñada por el jefe de campaña del PACMA.

Era tal la deriva de la fiesta que, muy a mi pesar, no le atisbaba redención en la dinámica mortecina en la que nos debatíamos. Porque, a decir verdad, el espectáculo taurino, a pesar de ser visualmente el más potente y único en potencial artístico tenía su estructura ósea necrosada. Le ocurría como a aquellas puertas de casa solariega, abombadas con el paso del tiempo, presas de la oxidación y con goznes chirriantes.

Necesitábamos una catarsis, un Big Bang, algo que pusiera patas arriba la sociedad e hiciera trocar por completo los railes por los que se desplazaba la fiesta en los últimos años. Es por eso por lo que, personalmente, concibo la pandemia del COVID como una oportunidad. Puede que la última que se le presente a esta bendita afición que nos hace recorrer quinientos kilómetros una tarde de domingo en la búsqueda de un natural ceñido y la camaradería de esos amigos del alma a los que te llevó una tarde de toros. Hace ya tantos años que ya no lo recuerdas.

Quizás sea este el pretexto que necesitáramos para que, al estilo de Moises, se separen las agua de ese Mar Rojo, cuya riada nos conducía inexorablemente al estanque de la indiferencia. Para que el sector aúne esfuerzos y, todos a una, luchen postergando intereses banderizos. Que se limpie el escalafón de los sesenta matadores que lidian una o dos corridas al año buscando que la bola de la ruleta cante siete veces seguidas en rojo. Que organizar una novillada no sea un espectáculo prohibitivo jalonado de trabas administrativas y sacacuartos económicos que lo hagan inviable. Que se planifique a medio plazo y no como siempre a salto de mata, para lo que es imprescindible que se dote al sector de las correspondientes ayudas para que pueda soportar lo que, no nos engañemos, va a ser un año en blanco por la idiosincrasia de la corrida.

Porque lo importante para la fiesta no es perder la temporada, es perder este último enganche para reinventarse y mostrar su grandeza.

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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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