SUPERCHERIAS

En el Urdaibai no se estilaban las procesiones. Sería porque éramos demasiados prosaicos o porque era la nuestra una vida demasiado pegada a la tierra como aquello de sacar de paseo la imaginería.

Sólo en Bermeo, donde si no, podías encontrarlas. En viernes santo se hacia una concentración frente a la Iglesia de Santa Maria (la misma plaza en la que en fiestas se mandaba a volar a Carrero tirando jerseys y camisas al cielo).

Con esa forma desmesurada que tiene el pueblo de mar de mostrarse hacia los demás, potenciando sus atributos. Acudía de la mano de mi AItxitxe y volvía acongojado por dos estampas. La de la tunica negra de la Dolorosa cuya lágrima cayendo por su rostro se me quedaba clavada en el pecho y la de aquellos que cerraban la comitiva.

Eran tipos que, en agradecimiento al milagrillo terrenal que les había concedido la imagen a la que seguían gracias a su rogativa, la acompañaban en su camino descalzos y con los tobillos uncidos con cadenas.

Ya se sabe lo difícil que es tener secretos en el pueblo por lo que mi aittxitxe me silabeaba la razón del exvoto, que si salvo al hijo el alta mar, que si le concedió un hijo o la sanación del cancer de su mujer. Volvía a mirar la imagen con mis ojos infantiles que creían lo que les echaban y le advertía superpoderes.

El recuerdo de aquellas procesiones me conduce directamente hacia los años en que la religión también había sido para mí el nodo central en torno al que giraba la vida. Hace ya bastante tiempo que logré distanciarme, pero no puedo entender mi infancia y mi adolescencia sin la presencia constante de la Iglesia.

Nunca tuve fe ni fui un devoto. Al menos no con la intensidad necesaria para que desbancara mi cartesianismo o la necesidad de aplicar el racional a toda forma de pensamiento.

Para mí todo aquello no era más que una rutina, una inercia de la que nadie escapaba. Supongo que uno nunca se planteaba si podia dejar de ser cristiano, ni que se pudiera dejar de creer. Como tampoco te planteabas si podías dejar de ser varón, vasco, blanco o del Athletic. Eran decisiones que habían tomado por ti. Y eso, en cierto modo, facilitaba tu vida. Fiabas tu suerte a las cartas que habías robado del mazo en la mano inicial. No como ahora en donde el abanico de decisiones se abre tanto que el pueblo se emborracha.

La Iglesia caminaba entonces sobre nosotros y, de alguna manera, ha dado forma a nuestra subjetividad. Quedándose ahí para siempre como un virus residente.

Dice Chica 9 que a ella no le marcó su destino el lugar de amanecida ni las rutas iniciáticas. Lo dice porque pilló las cartas del mazo en la Iglesia de San Vicente, con lo que se llevó ases de gente limpia, jokers con cara de querubín rubio y, en lugar de caballos, El Borriquito el Domingo de Ramos perfectamente acicalado.

En el Poblado el escenario no era de carton pluma y, cuando el destino apretaba, lo hacia de verdad, dejándote la hiel en los labios. No habÍa borriquito sino txarribodas y arrastre de piedras. Supercherías,

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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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