AFICHE

Aquellas fotos pegadas en las cristaleras que anunciaban las películas en el hall de los cines. Evocaban la imaginación, así de imaginativos hemos salido todos los de nuestra generación.

Los de las películas S o 3R, porque en aquel momento se conocían así como no recomendadas moralmente, tenían estrellitas negras para tapar pezones y otras enfilaciones peligrosas. En aquella cantera de hampones y facinerosos salida del Sagrado Corazón había varios que arramplaban con ellos e iban montando una colección que para si la quisiera Nacho Vidal.

En el poblado y otros limítrofes el cine tenía magia. Descubrir la película que programaban el domingo, imaginarte cómo seria, comprar las chuces, hacer la cola para trincar las entradas e ir ascendiendo en la cadena trófica del poblado.

Por decantación, o selección natural, empezabas entrando de la mano de tu madre a ver Kramer contra Kramer, pasabas a ir con tus amigos a ver los Supermanes o los Tiburones, te arrejuntabas en las últimas filas del cine con alguna compañera que te duraba menos que a Sabina las novias, y terminabas ejerciendo la maldad en la parte de arriba junto con una jauría de desarrapados.

Una cosa que jamas cambiaba, y que constaté hace poco tiempo había quedado tatuada con sangre en la cultura popular, es que la gente aplaudía en la escena final. Esa en la que malo esta a punto de calzarse a bueno y en el último segundo llega salvador. Explosión de jubilo popular. Ovación gregaria que impulsaba a salir con una sonrisa del cine. Domingo empaquetado.

Esa sensación te acompaña como un neopreno vital. Esa felicidad ingenua que se basa en sumergirte en lo básico, en las raíces de tus orígenes. Te brota cuando te comes un plato que cocinaba tu Amuma o un olor que te lleva a la niñez. Es como montar en bicicleta, tarde o temprano tu instinto despierta y, aunque pienses que ya no lo recuerdas, de pronto te pones a dar pedales sin darte cuenta.

Porque sintiéndote miembro de algo, confías en tu alrededor, Y ya se sabe que el que no confía en nadie al final consigue que los demás le traicionen.


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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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