Traca final con Morante, profeta taurino erigido como adalid del toreo. Su vis atractiva emana de esa heterodoxia que cotiza al alza en una sociedad tan repetitiva como la actual. No se admira a aquel que hace lo que uno se ve capaz de hacer, sino al que se sitúa en el extrarradio de sus capacidades.
Los que han poblado los tendidos en loor del cigarrero se han llevado sus dos caras. El haz: una tanda de naturales, con uno central más largo que la crisis migratoria de Ceuta, que hace pensar que quizá es Morante quien debiera haber demandado royalties a Marijaia por compartir anuncio. Su envés: el exterminio en varas de su segundo. A los que le vituperaban en su despedida, habría que remitirles a la frase de Alfredo Relaño que corona el túnel de vestuarios del antiguo Estadio Carranza: «Quien está contra Morante, está contra la humanidad»,
Los tendidos de sol prorrumpieron en loas y hosannas con cada pase de Luque al segundo. Daba igual que fueran oro, incienso o mirra; para una vez que invierten el orden social y presencian las faenas al lado no es cuestión de perderse en detalles. El oro llegó en el quinto. El de Gerena está dotado del don del temple y, ante su maestría, resulta difícil entender cómo no manda en este corral desde antaño.
No salió por la puerta grande, no porque los goznes estuvieran oxidados, sino que no le dejaron, la razón, otro de los misterios propios de Cuarto Milenio de nuestra plaza.
Borja Jiménez, que en los dos años precedentes hacía embestir a una lavadora, sufre principios de atragantamiento a causa del mal de altura de quien ha comandado el escalafón y perdido el atractivo de la novedad. Mostró un toreo porfión, picando piedra, con carreritas, y cites a través de ladridos guturales —como de caniche gigante— con los que quiere animar al toro a que embista, algo que no termina de conseguir.
Si eligiéramos imagen para definir la presentación de estas Corridas Generales, sería la de la vaca camarguesa, pariente de Picio por parte de madre. Nuestro santo y seña, el Toro de Bilbao, se nos ha colado irremediablemente por el sumidero. De resucitar hoy un antiguo aficionado, acudiría ipso facto al Museo de la Industria Armera de Éibar para tomar un rifle Víctor Sarasqueta y dispararse en el entrecejo.