Tras la eclosión peruana, el cartel hacía recordar a la comida del día de San Esteban, apañada con las sobras de Nochebuena y Navidad. Pero, para comprobar que la intuición es una virtud sobrevalorada tanto en los toros como en la vida, resultó de lo más interesante.
La empresa que tutela con mano firme nuestros destinos acertó al encartelar a David de Miranda y Marco Pérez, nuevos en esta plaza, con Sebastián Castella. Toros de Domingo Hernández. Que una misma ganadería, casa matriz hoy y marca blanca de Garcigrande mañana, se sucedan en un ciclo de cinco es indescifrable para los abonados de este coso, por muy cortos de entendederas que andemos.
Presentación impropia, una vez más, para Bilbao. El ejemplar devuelto, que para más guasa se llamaba “Majestuoso”, era el animal más feo con el que me he cruzado, ex aequo con el perro pequinés de mi vecina del quinto y una paloma que lanza vuelos rasantes contra las buenas gentes que se sientan a descansar en el borde de la fuente de la Plaza Jado. Sus compadres no es que fueran adonis del ganado bovino, pero, al menos, recordaban ligeramente al animal de la bolsa de pipas “Facundo”.
Es increíble la madurez del salmantino Marco Pérez. Su debut en Bilbao hizo rememorar al de Enrique Ponce. Ambos, llaveritos de fina estampa que luchan contra las leyes de la física para embeber a dos oponentes que decuplican su romana. El lidiado esta tarde era el sobrero, el de más clase, casta y el mejor presentado, para que se note la sapiencia de las preclaras mentes que dirigen la torería. La mala elección de la suerte para enviarlo a la derecha del Creador le privó de un triunfo grande.
De Miranda gasta maneras de torero clásico y está montado en la cresta de la ola taurina con turiferarios que no dejan de cantar sus alabanzas. Fue dadivoso con el público, al que embebió con sus formas, aunque se le pueda achacar el achicar terrenos al quinto.
Castella debutó en Bilbao un sábado de hace veinte años y, propulsado por los toros de Victorino Martín, pasó más tiempo en el aire que en el piso de la plaza. Recuerdo que helaba el miedo sin descomponer su imberbe carita de lluvia. Una vez adquirió oficio, en tiempos en que Unamuno fuera desterrado a Fuerteventura, asumió un troquel de faena bajo el que es incapaz de liberar a su toreo de esa abrumadora uniformidad de modos que lo asfixia, a despecho de las condiciones del oponente.