Me atrapa el frenazo latino del mes de agosto. Lo que ha asta el 31 de julio es punto de ebullición, cae en picado mortal con el cambio de hora de calendario. Así que en agosto, el público entiende que no devuelvas las llamadas y te inicia los mensajes con un “espero que estes de vacaciones”, como si el que no estarlo fuera pertenecer a la parte más fétida de la estructura social.
En esa tendencia a la contraquerencia de mis últimos años, señal inequívoca de que me estoy haciendo viejo a marchas agigantadas, busco esquivar todo lo que desprenda aroma de turisteo, excursión, movimiento de masas o movimientos de aluvión. Haciendo mia la calificación de mi compadre ME de qiue los turistas son las ratas del siglo XXI, entiendo perfectamente la turismofobia, las manifestaciones antis de aquel al que le cuesta alquilar un piso porque todo el caso viejo está lleno de apartamentos turísticos o quieren romper el arrendamiento de renta antigua de las Maris para abrir un hotel en el edificio.
Ocurre incluso en el centro de Bilbao, donde en ocasiones te cruzas con un rimero de cruceristas que caminan detrás del cartel con nombre de naviera y numero al que imafinan como la flauta del de Hamelyn. Aborregados, vestidos de forma atemporal porque al final nadie llena una maleta con ropa apta para el clima de siete latitudes o climas, sin terminar de entender por que coordenadas geográficas pululan. Bastante tienen con atinar con el numero de autobús y no demorarse más de la cuenta en sacar la última foto, esa que , al igual del resto de las que guarda en la memoria de su movil, nadie vera jamas. Les dejas pasar para no cortar la manada, lo mismo que no te cruzas por la mitad de una excursión infantil. No quieres que caiga sobre tu conciencia que media docena de americanos se conviertan en torcedores de la Euskal Selezioa de por vida.
Me regalan una pausa en el ritmo de mi vida y les observo. Con las pupilas enloquecidas, dando vueltas dentro de sus párpados como la bola en la ruleta, buscando una casilla negra donde descansar, soñando con encadenar una semana de descanso para poder descansar a su vez del ritmo del crucero. A los más orondos les cuesta seguir el ritmo que impone la guía y sacan la lengua dando imagen de juanpedro de plaza de tercera.
Recuerdo con cariño, aquellas vacaciones en cualquier ciudad de cualquier pueblo. Te sentías a gusto en el hotel, alternabas con los lugareños, te enriquecías con mundos que no eran el tuyo. Había sitio para todos o bien las expectativas de cada uno alcanzaban no más la frontera de nuestros respectivos pueblos.
Cuestión de expectativas. Al no tenerlas se desechaba la frustración.