El tiempo imprime carácter y sella costumbres. En Canarias, cuando llueve salen a la ventana a presenciar el milagro y a los que les pilla la borrasca al volante se sienten como en un temporal ártico.
En Écija no conocen el frío ni usan polares y en Vitoria saben andar con crampones y después de La Blanca salen pitando porque tienen impreso en la piel que en época de calor cierra la ciudad de once a ocho.
Mi compadre JU dice que en Madrid el calor va de virgen (del Carmen) a virgen (a la Paloma). Y el descatalogado que en Madrid también se juega al poker o se puede presenciar como un tipo pega un natural con arte en agosto.
Viene todo esto al caso, por la forma que ha tenido el bilbaíno de soportar la ola de calor de estas semanas y su consiguiente sofoco. Vale que ha sido insoportable, que no se podía aguantar ni en la calle ni en casa y que las ventas de ventiladores, comprados como placebos con esa actitud tan humana de moverse ante un problema haciendo algo para que no se note tanto que no hay nada que hacer, han tocado el cenit.
La canícula amaneció cuando la villa empezaba a tener ese aire especial, esa que transmite la proximidad de las vacaciones. Las personas que no tenían obligaciones profesionales, ya se habían marchado al veraneo o estaban planeando hacerlo. A los niños les quedaban tan solo unos días para que finalizase el curso escolar y se les veía caminar en las cercanías de los colegios con un aire entre agotado y esperanzado.
El miércoles por la tarde avituallé con Chica9. Había ambiente prebellico. Calles desiertas, ánimos levantiscos, toda una terraza gritando a un niño peste que inasequible a los cuarenta grados, golpeaba con un balón la puerta metálica de un garaje (pero ese niño no tiene padres voceaba una señora)
La tercera guerra que hemos perdido los vascos en los últimos cien años. La del calor. No estamos preparados. Nos funde. Por dentro y por fuera.
Viva el sirimiri y la nube que se enraiza en el cielo del bocho de enero a marzo.