La historia se remontaba a ocho años atrás, que parece poco pero a veces como esta, resulta una era glacial. Una historia más vieja que las tablas de Moisés, proyecto deportivo que toca el cielo del éxito para estamparse en el pavimento con la ferocidad de la Ley de la gravedad del que gasta más de lo que tiene y aleccionado por las balandronadas de un balarrasa.
El viernes me desperté con esa intranquilidad con la que amerizas las jornadas importantes. Como hombre talludo tenía claro que los cuentos acaban indefectiblemente con el héroe casándose con la princesa o pegándose un tiro. No hay otro final posible. Que se lo digan al Granca al que le fulmina una sucesión de acontecimientos imposibles que no se le hubieran ocurrido a un guionista borracho.
La acumulación de añadas me hace también concluir que lo que ocurra en uno de estos partidos depende poco de lógica, raciocinio, empeños personales, esoterismo o santeria. Quizás por esa diferencia que escuche una vez entre el azar y el destino, el primero no hay Dios que lo controle, mientras que el segundo está en manos de la suma de decisiones que tomamos.
Pero, como vasco, apostador y personaje rural, creo en las señales. Y el viernes 23 cantó a nueve, impar y rojo. De camino al tanatorio a despedir a ese león irrepetible llamado Juan Antonio Sarasqueta Leguina que subió al cielo de los tipos concernidos vestido de cazador, complelido por Chica9 para hacer un mandado.hago escala en un baratillo.
Nada más poner un pie en él escucho una voz. Mi compadre Jaime Urrutia con su chorro vocal entonando el Camino Soria en lo que antes se llamaba hilo musical y ahora tendrá un nombre teconológico que nunca pronunciaré. No necesité más para entender que era jornada de sosiego. Me iría a La Laguna feliz y tranquilo, galvanizado con la plata del triunfo.
(Doce horas después)
Victoria en una cancha en la que no habíamos ganado desde el primer partido del retorno a la ACB, no necesitamos ni esperar a la derrota de Unicaja. El equipo celebra sobre la cancha. Abrazos, parabienes y felicidad que se traslada al vestuario primero, al autobús después, y finalmente hace escala en la madrugada de Santa Cruz.
Lo había previsto Jaime esa misma mañana. Lo que no sabía mi compadre es que no se trataba de un triunfo deportivo de mayor o menor valía. Era la consolidación de un proyecto deportivo, social, económico con valores, cultura y un equipo humano, deportivo y administrativo irrepetible.
Me vinó a la cabeza lo primero que pensé en 2018, que aquello olía a primavera, pero traía todo el invierno en sus ojos.
Se trataba de remar buscando el calor de la primavera.