Estoy a punto de llegar a esa edad en la que tendré más recuerdos que proyectos. Y los que me empiezan a asomar están, como no, vinculados a mi infancia y juventud. Cumpliendo una vez más ese axioma por el que, pase lo que pase después, eres del lugar en el que pasas tus años de juventud..
En ese marasmo de actividad física, llevó tiempo bicheando en mi mente con una idea; la disparidad del significado del dinero y la forma de su obtención entre la sociedad actual y la de mi infancia.
En el poblado el dinero era, en primer lugar, una consecuencia y no un objetivo. Me explico, te acercabas a un profesional, ebanista y herrero con un encargo, el te lo ejecutaba y, a consecuencia de lo pesado de su trabajo o las horas incurridas te cobraba su estipendio. Pero no se relamía cuando te atisbaba entrando en su garito con el sablazo que te iba a meter.
Ahora, en todas las disciplinas se trata de encontrar el camino para llevárselo caliente, a poder ser, con el menor esfuerzo. No se trata del resultado del buen hacer, sino de un propósito en śì mismo. Aunque para eso tengan que pegar un regate en corto al enemigo o una puñalada al acreedor. Es lo que se estila en estos idus, cara de ángel y alma de canalla.
En lo que respecta a su posesión, implicaba un bálsamo de tranquilidad a las familias que lo tenian respecto a aquellas en las que flaqueaba, pero no suponía una superioridad moral como ocurre ahora en donde el que tiene considera al que no como una piltrafa.
Lo que me lleva en esos brincos mentales a pensar en el maestro Antoñete, que cuando saludaba con aquel “Estoy sind (sin dinero)” anunciaba presentarse sin blanca aunque tuviera una fabrica de billetes en su mano zurda de la que brotaba el toreo añejo. Esa que tuvo que desempolvar en su último retorno a los ruedos, donde sus mermadas condiciones físicas le obligaron a citar de lejos y muñequear para obtener el resuello suficiente para ligar el siguiente muletazo. Para él tambien, el dinero era una consecuencia del temple. Otra cosa era que la velocidad a la que se lo pulía fuera inversamente proporcional al temple de su muleta.
Tantas cuitas crematísticas culminan cuando me decanto hacia el cune a la vera de Chica9 para ver Los Justos. La temática, la trama y el desenlace coronan mi raciocinio. En mi Gernika aquello no hubiera ocurrido, porque allí el dinero era consecuencia, nunca objetivo de vida.