Recreando el dos de mayo de Daoiz y Velarde me topo por una reseña de una entrevista al aspirante al tronio de Más Madrid, Emilio Delgado que relata una experiencia personal con su hermana recortadora que desnuda el moralismo de la izquierda cuando se erige en guardiana del purismo a la hora de repartir carnets.
"Buscamos un individuo sin contradicciones, que se haya deconstruido, que monte en bici, no coma carne, que no compre los domingos, que sea perfecto, y eso no existe (...) Mi hermana era recortadora y siempre me dice: 'Si decís que no hay dinero público para los toros lo entiendo, porque tengo hijos y primero va el pediatra, pero si me llamáis asesina por llevar a mi hija con un carretón, me siento agredida'. Se trata de respetar las diferencias intentando ponernos de acuerdo en lo fundamental"
Delgado aseguró que no ha ido a una corrida de toros en su vida, (lo cual me parece requetebién como tampoco yo a un local de intercambio de parejas) pero insistió en el ejemplo: "El teatro del pueblo de Vallecas lo pagó Ignacio Sánchez Mejías, que era un torero. A Lorca lo matan con dos banderilleros de la CNT... Esa gente hoy no tiene hueco aquí".
Comparto el relato que he vivido muchas veces en mis carnes. No solo en la izquierda, sino en religiones de las que he sido cuadro. Se impone un pensamiento monolítico sin espacio para la crítica ni la heterodoxia. Se lo comento siempre a un afamado cocinero del terruño fervoroso del mantra del kilometro cero. La riqueza gastronómica de Euskadi es inabarcable y puedes buscar productores locales para el queso, las alubias, la cebolla roja de Zalla, las anchoas en salazón o la ventresca, pero pierdes todo el relato si te empeñas en endosarme un pimentón de Munitibar, porque el mejor es objetivamente el de La Vera de Cáceres. Es el riesgo del purismo acérrimo, que te hace caer en la frontera de lo grotesco.
Pasa igual con los vinos, se ha impuesto la moda del vino ecológico sin sulfitos y para enjaretarte la botella de treinta euros te hacen la hagiografia del productor, un asceta encerrado en un pueblo del pirineo a dos mil kilómetros de altitud donde la atmósfera desprende nitrato. Cuando ante una propuesta así contesto que lo que a mi me gusta es la maceración carbonica me dirigen una mirada condescendiente que escribe en el aire las once letras de puto pringado.
Purismo ideológico que tratan de endilgarte sin dejarte pensar por mi mismo.
Errar y contradecirte, no puede existir nada mejor en una existencia teoricamente adulta.