Cuando todo apuntaba a que impulsados por el estado de bienestar (esa piñata de derechos que hace invocar la solidaridad sólo cuando te beneficia) cada amanecida nos regalaba un joven facha más y un progre menos, va a ser que los jóvenes se identifican con animalitos y se les acuña como Therians.
Para que lo entiendan los de mi generación, se sienten como el Barón Ashler, aquel protagonista androgino de Mazinger Z, que en un capítulo se erigía masculino y al de tres minutos era mujer. Pues la nueva chavalería presume de llevar dentro al animal.
Para completar la inmersion se calza una careta de plástico para que los castrados emocionalmente percibamos qué espécimen zoológico llevan dentro. Algunos alternan caretas, un día búho y al otro, Koala. Y como decían los peones en aquellos negocios piramidales como el de Anway, que patrocinara al Basket Zaragoza, se sienten en medio de una epifanía que les hace sentirse viviendo un momento sensorial único Como no, el mejor de sus vidas.
Lo más cerca que he estado del sentimiento therians es escuchando a mi presidente cocherista LS cuando decía que le encantaría reencarnarse en toro bravo. Para vivir cuatro años como un sultán y demostrar su comportamiento en la plaza.
Recuerdo que la grey de mi entorno se lo tomo a pitorreo. Claro, éramos taurinos retrógrados, incapaces de entender la vida moderna y tan desprovistos de emociones adultas como un llavero de Naranjito.
Ahora mi mismo entorno, diez años más caduco y ajado, aplaude a los Therians, considerandoles protagonistas del reencuentro del hombre con la madre tierra.
Dignos proselitista del mayor latazo de la historia, la canción de Chayanne “Oye”, la del estribillo estomagante de Tambor, que les hacían cantar a mis hijos en Escolapios, para insuflares la creencia que nacíamos del subsuelo.
Como los hombres a los que regaba Pastora Vega en “Si amanece nos vamos”.