BLANQUINEGRA

A Ramón Berasaluce Monasterio, él sabia el orgullo que supone el vestir la blanquinegra.

Los uniformes y las sotanas solo les sientan bien a quienes tienen fe en lo que representan. Y lo mismo ocurre con la blanquinegra. Siempre he pensado que el mayor orgullo que puede sentir una persona es vestir esa camiseta. Da igual que el resto del mundo piense que es una robinsonada. Estoy plenamente convencido.

Todo esto viene a cuento por la S.D. Gernika Club, el mejor equipo de futbol del mundo.

En la infancia siempre hay alguien que te quiere incondicionalmente y en esa papilla me hice blanquinegro para siempre. Ya se sabe que en la infancia los oídos oyen y los ojos ven lo que la cabeza aún no entiende. Sin saber que años más tarde la memoria te obligará a recordarlas cada cierto tiempo, un día y otro día, para que no las olvides nunca.

Y si algo tengo impreso en mi cerebro es la composicíón del ADN de mi club. Lucha, garra, entrega y, aun en la derrota, dar la cara.

Llevaba un par de años alejándome porque, cuando me acercaba, veía a un grupo sin alma blanquinegra. Jugadores que se encajaban la remera de tus sueños como vestirían un pijama del Primark. Tecniquillos labrados en una cantera de equipo de glamour, criados en alfombras de hierba artificial, que antes de tomar el calostro tenían ya un par de botas de última generación. Se olía  que no les gustaba mojarse ni mancharse. Refractarios a esa cultura del esfuerzo que era gen dominante en nuestro club.

Lo peor es que esa recua de neojugadores, contra los que no tengo nada porque son el puro reflejo de la sociedad moderna, la del repentinismo y el jamón bajo, opacaron a los chavales del poblado. A esos que no sabían hacer un caño, se tronzaban al intentar una chilena y ni siquiera  intuían cómo se escribía “folha seca”. Pero tenian inoculado en sangre lo que significaba el vestir la blanquinegra.

En movimiento tractorizado por un entrenador de tronio que no se entero, a pesar de haber pisado Santa Lucia, que treinta y tres kilómetros de distancia con la capital suponen las antípodas de pensamiento y carácter.

El mejor equipo de futbol del mundo se despeñaba en la más absoluta mediocridad. Y como para ser de los demás equipos, ya estaban los demás equipos, deje de ir a ver a mi Gerni.

Pero este año, se recompone la doble cadena del ADN. Un entrenador, al que nadie conocía, que tenia los dos ingredientes necesarios para triunfar en Gernika, ir de cara y tener hambre. Y chavales del poblado que se dejan la piel y sienten la blanquinegra. Da igual lo imperfectos que sean sus desempeños técnicos.

Tras el primer partido de la temporada lo pensé. No jugamos a nada pero el equipo me ha enamorado. Ese es mi Gerni, tiene su alma.

Ayer ganamos otra vez. A la S.D. Logroñés de campanillas. Seguimos sin jugar a nada pero somos lobos con colmillos. Respetó al ADN foral.

Orgullosos de vestir la blanquinegra. El mayor orgullo que te puede regalar la vida.

Ramón lo sabia.


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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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