Toca echar para atrás el Cine Exin treinta y cinco años. Era una Euskadi efervescente azotada por el maremoto del abertzalismo, el fin de la grisura setentera, y esa necesidad propia de la juventud de rebelarse de forma distintiva a los que les precedieron para terminar adocenándose, o hamburguesarse sin remedio, en termino que acuñara mi adorado A.G.
Mezcla de siglas políticas, de movimientos sociales, de grupos musicales y de fervor por cambiar todo para que todo siguiera igual. El lugar de reunión había mudado en poco tiempo desde los futbolines de la O.J.E., al salon parroquial y, desde ahí, al de los grupos de montaña o dantza. Pero se necesitaba un espacio propio donde pudieran materializarse las manifestaciones artisticas (poco arte habia en el poblado) y culturales, (de esto un poco mas). De esas que nunca habían existido en nuestros lares, y un horno para los delirios identitarios y otras múltiples robinsonadas que pululaban en grado de tentativa.
Los Gastetxes fueron la respuesta. En todo pueblo existía un edificio desocupado muestrario de que el poder familiar no persevera demasiadas generaciones. Para que este vacío y con goterones de descuido lo salvamos del deshaucio pensábamos y se ocupaba para ruina de su propietario que invocaba de forma estéril el derecho a la propiedad privada. Sin darse cuenta de que es una soberana estupidez el esgrimir argumentos sesudos ante gentes que se fuman la esgrima dialéctica.
A decir verdad, aquello además de un ejemplo de gestión ácrata, era un desparrame de actividades que rozaban lo txiripitifláutico. Podías encontrarte en una habitación un taller de teatro, cuando pocos allí habían leído más que el Egin y el Mortadelo y Filemón, unos tipos tirando con arco en la contigua, un aprovechado que se habia quedado a vivir en el palomar cuando sus padres le echaron de casa y otro en el pasillo pintando en un óleo o un pies negro alemán afinando una tuba encima de un tío serografiando unas camisetas.
Lo que habia siempre era asambleas, por que allí todo era asambleario. Para comprar una bombilla, asamblea, para montar una barra asamblea, para decidir desmonontar la barra, la segunda asamblea. Como no había censo, el que quería imponer una deciisón se traía a todo su barrio o séquito y arrasaba. Recuerdo que el el Gaztetxe de Gernika en una votación nos desbancó una familia numerosa a la que llamábamos los Fraguel. Nunca se lo personamos, con ese odio eterno propio que resuman los pueblos.
Y habia música, mucho Rock Radical Vasco, tipos sin cultura musical en la mayor parte de los casos que aporreaban los instrumentos y con un cantante belicoso que berreaba espídico con salmos que secundaba la enfervorecida concurrencia. Siempre habia un grupo local, tan malo como los que no eran locales, al que seguíamos con la firmeza que sólo da el paisanaje ataviados con sus camisetas. El nuestro era Zurrapak que como muesca original se reía de los churreros y los pijos y pijas de Pedernales.
Ahí se forjó un carácter,. Me encantaban los Gaztexes. Lo de ahora es un daguerrotipo malo. Reflejo propio de cada una de las sociedades. La de antier y la actual