A cada uno le prende el piloto automático de la navidad en su propio momento. Me imagino que en Vigo con sus luces incandescentes llegará antes que en la Euskadi profunda y en Jerusalén antes que en las Chafarinas.
En mi caso es cuando pulsan el On del enchufe del mastodonitico árbol de navidad de Plaza Moyua. A partir de ahí y de sus sibilancias de respiración eléctrica todo es un no parar de música cascabelera de villancicos y decoración populachera con ristras de luces, espumillones navideños y nieve de poliuretano que resulta acorde con la ausencia de nieve en las montañas.
La cadena del ADN navideño se desplaza hacia las hordas de compradores compulsivos, los grupettos laborales en la búsqueda de arruinar su vida en el tercer tiempo de la comida o cena navideña de la empresa, el ambiente general de excitación y de genitales inflamados, o los incandescentes que se encajan durante tres semanas consecutivas el gorrillo de Papa Noel y la guirnalda de Platero para sumergirse en la efusividad navideña.
A mi, como vasco recalcitrante, la embolia de paz y amor me hace esconderme en el burladero del escepticismo. Observo a algunos conocidos que hacen alarde y griterío de su felicidad y pienso en que, probablemente, les motiva esa suerte de gregarismo, de corriente social contra la que nadar es intelectualmente tan cansado. No están seguros de nada, pero sentirte embebido en una agitación colectiva une, mas que nada porque en la inmovilidad están irremisiblemente destinados a la soledad.
Por eso en navidad observó mucho y salgo poco de casa. Porque es de las pocas etapas del año, junto con el agosto flamígero, en el que puedes encontrar cinco metros de soledad a tu alrededor en una gran ciudad.
Y como tengo el garito suficientemente ordenado la observación me deja concluir que estas fiestas se convierten en un galimatías para la generacíón a la que pertenecemos. Esa en la que hemos sucedido a otra donde se tenía un cónyuge y varios hijos, cuando ahora tenemos varios cónyuges y a lo sumo un par de hijo.s Y ni el hijo se puede partir ni el numero de comidas navideñas se pueden multiplicar por el factor n de relaciones que se fueron por el sumidero.
Así que me encierro con Chica9 con la satisfacción de un contable que ha logrado cuadrar las cuentas en un ejercicio fiscal lleno de complicaciones.