Le conocí. Primero en papel. En la portada del Interviu en el escaparate de un kiosco de Gernika. Torero gitano que se vale de prosélito para contratar a matón para canear al nuevo novio de su ex mujer. Impresionaba la imagen de Paula camino del trullo tras detenerle en vestido de luces a la salida de la plaza de El Puerto.
Eran años en los que el Interviu era el epítome de la modernidad. Sobre todo, en el gris que mataba en aquella Bizkaia profunda en que el único color era el del Palcolor del Telefunken. Y el Barrio de Santiago de Jerez quedaba para nosotros tan lejos como Madagascar. Allí, según retrataba la revista, se concentraron sus hermanos calé clamando por su libertad.
Un poco más tarde conocí al contratante del matón, que también penó trena por el suceso. Enrique Vidarte, eIbarres, familia de empresarios de pelota con frontón en copropiedad. Personaje decimonónimo e inolvidable que puso a su hija el nombre de Paula en homenaje al torero. Nunca perdonaría a la plaza de Bilbao que dejará pasar un quite de su ídolo Rafael. Menuda afición, conjuraba.
Y al agredido, subdirector del Casino del Cádiz y central del Cadiz. Aunque eso es otra historia.
A Paula le entreví algún dia torear en Madrid en aquellas ferias de otoño que me tragaba cuando estaba buscando mi norte laboral. Me acuerdo que pensé que ya estuviera en la plaza o melindreando la vida vivía en una permanente contradicción: andaba siempre en busca del sol..., pero lo buscaba por la noche. Tronchado por sus rodillas, desprendía el aroma de la dicotomía en todas sus tardes, derroche de arte las menos y división de opiniones las más (unos se acordarían de su madre y otras de su padre).
Su relación con la fiesta era una de esas uniones que llevan incorporado el divorcio en la misma acta matrimonial, pero escrito en la letra tan pequeña que el Paula, que tampoco era un Ilustrado, no se detenía a leer. Se hablaba de la tarde de Carabanchel, de la de Martinez Benavides, del duende manejando el capote y de tinieblas en la muleta ante el toro y la vida. Él bromeaba diciendo “tengo más vendas que Tutancamén”.
Visitóiel Cocherito al menos dos veces. La primera en el almuerzo anual de 2007 cuando nos regaló el sombrero calado con el que tapaba las piernas temblorosas en el festival celebrado en su honor de Las Ventas un año antes.
La segunda en 2010 en el acto de cierre de los fastos del Centenario celebrado en el Hotel Ercilla. Saltó en estampida ante una provocación de otro de los invitados Julio Aparicio, que se dirigió con un despectivo “Oye”. “Yo no soy Oye, me llamo Rafael” le estampó bastón en ristre.
Aquel dia se termińò de escribir la historia de aquel niño de Gernika que miraba tras la cristalera a un torero gitano arrestado en la portada de una revista. Le agarre de los hombros y le icé hasta su habitación en medio de un ataque de nervios junto con su entonces pareja Paloma.
Descansa en paz gitano y viste el terno azabache para dibujar en el cielo de los toreros artistas los arabescos que tus rodillas no te dejaron pintar en la tierra.