En la medida en la que cumples años vas ganando potestad de reivindicar tu derecho a la infancia.
Es un derecho que ejército llevando mis pensamientos desde la patria urbana de mi adopción hacia ese entorno ruralizado en el que crecí.
En los últimos tiempos se suma a que la ciudad homogeneiza todo por abajo. Sobre todo si tienes algo de sangre identitaria en las venas.
Por ejemplo, me ocurrió al presenciar el txupinazo de las fiestas de Vitoria y Bilbao. Conté entre los asistentes una docena de banderas de Palestina, varias pluricolor de Colombía y Venezuela, un puñado de reivindicativas (LGTBI, violencia sexista,.....) y una huerfana ikurriña.
Me hizo pensar sobre la inversión de aquellos totems qie regían nuestra vida de niños de pueblo. Política, identidad, enemigo común, religión y tradición costumbrista.
La ciudad arrasa con todo. A lo sumo , se mantiene en pie el Athletic que sigue enhebrando la sociedad, pero salpimentado en un fútbol moderno que ya no me pertenece. Y no sólo eso, sino que los rectores de ese negocio imponen homogeneidad (busca que vayan siendo lo mismo el Rossemborg Noruego y el Athletic ) para seguir trincando. Y el vil metal representa el antídoto de cualquier lujuria identitaria.
Es por eso por lo que prefiero soñar en clave rural. Ahí me puedo construir mi propio numen. El de hoy el chicle Bazooka, del que sacabas la pequeña historieta que escomdía el envoltorio,. Nos concentrabamos todos en ella, como si supieramos leer el chiste de Bazooka Joe, mientras íbamos dando mordiscos aleatorios al correoso dulce de color rosa.