El “Decamerón” explora tres temas principales: el amor, la inteligencia humana y la fortuna. Las tres acaecieron ayer en el albero de Vista Alegre. La primera, la sintió el nuevo alpiste de los tendidos con respecto a Roca Rey, mientras que las dos restantes las puso el peruano.
Andrés Roca Rey es un heterogéneo en el mundo de los toros. No faltando los sestercios en la bolsa familiar, se embarca en un viaje intercontinental desde la tierra de los Incas, persiguiendo un sueño que es una quimera para un muchacho de Móstoles. Pero, como tiene algo como el carisma, que te toca o no en el reparto de talentos de la vida, y lo conjuga con el hambre en el alma y el poder en la muleta, aquello vuela.
Ayer brindó a las cinco mil personas que vinieron a verle (otros 15 vinieron a ver a Aguado y Juan Del Val que tiene emocionada a Chica9 y familia a Ortega). Estos 5.000 habían llegado hasta Vista Alegre en lugar de optar por una reparadora siesta con la que recargar pilas para una noche de txoznas.
Inicios de faena citando el toro desde Lima, con aroma a cara o cruz con la víspera de cogida que supone el pase cambiado, derroche de mando, entrega, poder, toreo largo y poderoso, circulares interminables y, en el primero unas bernardinas con la espada haciendo trinchera que te cortaban el aire. Y pegó dos puñaladas, las mejores de las CCGG, que dejaban tumbado a una barahúnda de bisontes.
Sus correligionarios, que llenaron ayer las galerías y los tendidos de sol (Viva el pueblo y mueran los gentilhombres que no llenan la sombra) no necesitan conocer toda esa matraca de encastes, tauromaquias ajenas, pelajes, faenas con el pico y ortodoxias que a la centena de aficionados petulantes y charlatanes nos rebanan los sesos. Así que se sumergieron en su particular gozadera y salieron de Vista Alegre sintiéndose un poco más de el Cóndor cada uno de ellos.
Victoriano del Río siempre fue un alquimista ganadero. Toros que cumplen con suficiente con interrogación en el primer tercio, se vienen arriba en banderillas y se disparan en la muleta una movilidad y una entrega que es lo que realmente puntúa en el toreo moderno. El segundo, patronímico “Esperon”, que no tenia 547 kilos ni montando en la báscula a hija y yerno del añorado Agapito Gabriel, ambos de generosa romana, era el toro perfecto para Roca y el quinto era el toro perfecto para cualquier torero del escalafón, pero siempre toca a los mismos.
Lo de la cuadrilla del arte siempre me ha parecido un tocomocho. A Pablo Aguado le tome la matricula un día en el que en el micrófono de Las Ventas dijo que el aficionado no entiende el toro que ellos necesitan, tal y como hiciera Emilio Muñoz 30 años antes en Vista Alegre. Ayer, otra vez detallitos sueltos, recibo de verónica e inicio de su primero, apuntar y no marcar. El sexto se quedó como un Marmolillo.
Por su parte Ortega pechó con un primero que encajaba perfectamente en la definición de babosa reptante mientras que en su segundo daba la impresión de que en la labor de su piquero estábamos viendo a un antidisturbios a palos con un ciudadano. Todo fue basto y feo y por eso nos pusimos tan contentos en el tendido 5 cuando, a los 44 segundos, cronometrados por mi compadre F, agarró el estoque para cometer un Puerto Hurraco y nos despedimos de él hasta los restos quedándonos preocupados toda la noche por la lividez de su rostro.