Después de un par de semanas bicheando alrededor de una idea ha terminado por brotar. Cómo una generación de padres cuya implicación en nuestra educación no pasó de ocasional y anecdótica (toreo de afueras porque de la logística diaria se encargaban las madres) consiguió fijar en nosotros una impronta que nos acompaña tantos años después de que se fueran al Valle de Josafat.
O dicho de otra forma, cómo los padres de mi generación ni por asomo vamos a dejar ese sello. Cuando hemos coleccionado tutorías estomagantes, varios torneos apertura y clausura de ligas escolares multideporte, la asistencia a cumpleaños en esos centros de exterminio llamados Txiki Park y hemos bailado el agua a nuestra prole en momentos en los que, nuestros aitas nos habrían cruzado la cara.
He tratado de buscar el sentido a esa dicotomía en dos causas. La autenticidad y la gestión de los estímulos de una y otra generación. Vamos con la primera.
Nuestros aitas procedían de una generación admirable. Sin tener responsabilidad en la guerra ni en la gestión de la posguerra se habían zampado un país ruinoso en lo material y en lo emocional sin derecho a la protesta (por lo menos a cobijarse en la queja por aquello que había caído sobre sus espaldas)
Les vimos trabajar como galeotes para garantizar el sustento familiar y el progreso a un país gris y hambriento como era Euskadi; se habían emocionado con las oportunidades que se abrían con la salida de la dictadura, aun y cuando no iban a poder catar la ambrosia de esas oportunidades. Para ello, habían sufrido las peores consecuencias del paternalismo ancestral y las macilentas consecuencias del extremo contrario, ayudando a los padres y en ocasiones manteniendo a hijos para que se subieran a los lomos de una revolución social y cultural que se había logrado con su esfuerzo. Y como la autenticidad se transmite (sea en el deporte, en el arte o en la vida), impactaron en nuestra sistema neuronal.
En nuestro caso, nos hemos desempeñado bajo el síndrome del padre mendicante desbrozando a nuestros polluelos la senda de su educación, como si por trabajar o no estar continuamente presentes en el baño del anochecer hubiéramos incurrido en un delito de lesa humanidad, Y, tal y como ocurre con los toros o los perros, los hijos huelen el miedo y se aprovechan de el.
Aunque se trate de la relación paterno filial es un error ser en exceso generoso con quien vive con uno, y no tanto porque nadie devuelve ni siquiera una parte de todo lo que uno da, como porque nadie perdona que un día no se le siga dando. La generosidad a menudo termina creando una especie de privilegio en quien la recibe, de modo que se presenta como víctima el desposeído de pronto de un derecho que nunca debió recibir en tal medida.
Cuando nuestros padres no nos regalaban todo, solo un don tan escaso como el código de valores. El resto lo tuvimos que construir por nosotros mismos.
(Continuará)