Tantas y tantas veces me viene a la cabeza la idea de que la realidad de Euskadi no deja de ser un Deja Vu en donde cíclicamente pisamos la misma baldosa que expele el mismo chorretón de angustias y tártagos que nos ha calado la pierna (y el alma) tantas y tantas veces.
Leo las reseñas de las barahúndas entre la txabaleria y la Ertzaintza y la mente se retrotrae treinta años atrás. Cipayos kanpora, pintadas en el muralismo callejero, diaspora de funcionaros a Castro Urdiales y clasificación entre vascos de Champions League, de Regional o del equipo promesa de hacerse con el galón del meritorio. Pereza absoluta por reverberar un tiempo intelectualmente superado.
Echo de menos cada vez las dosis de humanismo que bañaba la sociedad. Se ha sustituido por un barniz de sensibilidad europeizante proyectada hacia el humanitarismo, el desarme y la compasión. Me cuesta hacerlo compatible con los cánones vascos con los que crecí, aquellos que conjugaban sacrificio y esfuerzo y se luchaba por un proyecto conjunto de pueblo en beneficio de intereses llamados universales
Creo que todo empezó a desmoronarse cuando perdimos el enemigo común. Ese contra el que todo el mundo se unía, no por altanería o engreimiento, sino por sentirse que compartía un sentimiento distinto aun no siendo necesariamente mejor. Se manifestaba en la incomparable ilusión que te embargaba cuando aprendías a tocar el txistu, te vestías un Kaiku un día de Aberri Eguna o quedabas al alba para subir la tachuela de al lado de tu pueblo para prender una Ikurriña.
Te imbuía una sensación inolvidable de sentirte miembro de algo que valía la pena. Y cómo sabías que valía la pena, por todo lo que te diferenciaba de aquellos que no sentían tan intensamente como lo hacías tú.
La Ertzaintza era parte de esto. ¿Quienes mejores para administramos y ejercer el autocontrol de nuestras huestes que nosotros mismos?. En las primeras generaciones se agrandaron los agujeros del embudo para engordar las milicias (recuerdo el hambre y paro que sanaron las primeras promociones en la juventud de la Euskadi profunda) pero albergábamos un orgullo de pertenencia por contar con un cuerpo propio y no uno impuesto.
Probablemente éramos niños de pueblo que considerábamos que nuestros valores agraristas eran superiores a los urbanos e industriales, esos que se acuñaban en las grandes urbes que tan lejanas nos parecían. Una moral probablemente impostada pero que hacia nos sintiéramos ufanos e imbricados como esas brácteas que se entrelazan en el caparazón de una piña.
Miembros de algo. Felices por serlo.