Siempre he pensado que así como el amor duele, las personas nos quieren según su dolor por nosotros.
Cumplimos otro mes, dentro de otro año, sumamos un eslabón en una cadena que cada vez se parece más a las cuentas de un rosario que gira incansable y menos a los grilletes que te oprimían las muñecas. Cuando te embebía una inercia de la que no sabias muy bien cómo escapar. Porque, en el fondo, era más fácil seguir afirmando que decir que no.
El dolor que sientes previendo la ausencia indica lo marcado que esta en la piel el tatuaje de la necesidad. El haz de luz se coloca en el ayer, porque, al fin y al cabo, nada se borra del todo, ni el bien ni el mal, El pasado permanece y nos acompaña eternamente, como una sombra que no siempre podemos descifrar.
Es la singladura del camino la que da sentido a la Arcadia El trayecto desde aquel otro mundo a través de países de sueño y pesadilla. Esa membrana aceitosa que engrasa una relación y que hace sencillo el saltar de un mundo a otro, de un biplaza a una limusina, del día a la noche, del llanto a la risa, del todo a la nada y de la nebulosa del cielo a la dureza del pavimento. El secreto de los días iguales que dan sentido a todo.
Las grandes reflexiones necesitan un espejo que reflecte el ejemplo de los pequeños detalles. Leer una noche de viernes un periódico y conocer donde se encuentra el Cementerio del Espino, y cuál es uno de los cuerpos que acoge en su embrión. Su historia y el misterio que embeben las seis letras de sus nombres, Espino y Leonor.
Concatenación de recuerdos que enhebran la historia de una pareja, donde lo más valioso son precisamente atesorarlos.
La gavilla de recuerdos segrega un jugo que empapa ese inmenso dolor en el pecho que te genera la persona que amas. Se va extinguiendo en cuanto sus palabras acceden a tu mente y, de ahí, brincan a la sangre, como una medicina escrita en tinta que corre por las venas, inmunizando el cuerpo a la tristeza y a la pena.