JULIO

“Madrid en agosto con dinero y sin familia, Baden Baden”, decía Francisco Silvela. Pero para eso tiene que pasar julio.

Julio, y especialmente sus dos últimas semanas son sinónimo de marrones. Lo notas por las partículas de miedo que recorren la atmósfera laboral.  Te alcanza el tono de voz con el que la grey te contesta al teléfono. Habla insegura, sibilante, con palabras introductorias, del tanteo que tiene la musica del a ver qué marrón se me avecina con esta llamada que no esperaba.  Ese que no se desvelará hasta que explote la piñata de la conversación.

Porque en julio, con la canícula apretando y la zanahoria del todoincluido o el playaymontaña en el horizonte,  el personal está en modo “faena de aliño”. Tratando de finiquitar con espíritu de funcionario de catastro la media docena de quehaceres que como si fueran los peldaños de La Escalera de Jacob le separan del Monte Sinai y de su encuentro no con Dios sino con la bendita holganza.

Así que, laboralmente, te ves rodeado por un baile de espíritus zombies que se han enchufado el piloto automático para no malgastar el consumo de una gasolina que tiene ya encendido el piloto de reserva. Enfilación hacia que no se rompa nada en la decena de días que restan tirando de puro decoro.

Por eso, ver en la plantilla del teléfono un nombre con el que tuviste algo que ver en tiempo de los cartagineseas, y del que no has vuelto a saber nada desde aquel último encuentro en Bizancio, te entra la flojera de piernas y reaparece el miedo reverencial.

Del medio oral pasas a ese e email que se ha convertido en el estropajo de las excrecencias del día a día. Todo mensaje que se salga de los publicitarios que te traten de endilgarte algo o aquellos en los que el destinatario porta un crotal conocido te aterra sobre todo si llevan un adjunto a descifrar.

Y en la cúspide del pánico la alcanzas con el abominable whatsapp y su más pérfida recreación, el mensaje de audio. Esos de 240 segundos en los que su autor desconoce las mas básicas reglas de urbanidad. Con siquiera intuirlas entendería que enjaretarte un latazo de cuatro minutos entre hipidos, ehss e interrupciones cósmicas hacen llegar el mensaje al destinatario con el mismo interés de las raíces de un abedul y la misma pulsión arterial que la de un llavero del Naranjito.

Todo lo sanará el ferroagosto, con el chiringuito, las fotos de atardeceres, las verbenas de verano y la procesión de la virgen de cada 15 de agosto.

Somos peces de ciudad.


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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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