ERBA

Llegar desde un pueblo a una urbe te hace distinto de los que se criaron en la ciudad. Hay algo que estos nunca podrán entender, cómo te condiciona la forma de afrontar la vida.

Suele haber excepciones. Acomplejados que piensan que, de conocerse su origen, perderían label capitalino, esas ínfulas con las que se han barnizado. Por eso ocultan su procedencia, como si el estiércol del semillero ensuciara los antecedentes.

A los más nos hace vivir encolados a la tierra, y por mucho que Chica 9 diga (con razón) que arrastramos tics ruraloides, nos sirven de inhibidores del despegue. Te ves mas cerca del suelo que del cielo. Así, que no carburas por la estratosfera, pero, a cambio, cuando te estampas en el pavimento te quedan poco más que rasguños. 

Esa media distancia con respecto a los delirios de grandeza tiene su efecto boomerang en la relación bipolar con tu pueblo. Alternas épocas de pereza infinita por el retorno, donde te imaginas ese pueblo que te vio nacer perdido en la nada, con otros en los que buscas refugio en su barriga. Lo detestas y lo adoras con la misma fuerza. Odio por ser tan pequeño y hacer que los sueños de su gente también tuvieran que ser pequeños y veneración por brindarte un escenario de carne y hueso, no el cartón piedra al que estas acostumbrado.

Irremisiblemente, el envejecer te empuja a la vuelta. Al estilo de los toros que buscan la querencia del chiquero para expirar. Tuve un cliente italiano, millonario, al que en sus últimos días sólo le ilusionaba meterse en la taberna de Erba a la que iba de niño. Allí le llamaban por el mote con el que creció, y eso le anclaba a sus raíces y le alargo un poco a la vida.

Aunque hiciera demasiado tiempo que no fuera capaz de entenderse con los que se lo llamaban. A veces, ni todo el cariño ni el amor del mundo consigue que dos personas puedan intercambiarse los zapatos para ver qué se siente desde la perspectiva del otro.

Nos pasa a todos al volver al pueblo. Lo mismo que te resistes a terminar algunas frases, sólo para que no se hagan realidad.

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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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