LA HORA

Concretamente pedirla era un clásico allá por el periodo pretrcnologico. Los críos lo hacíamos antes de que nos compraran el Casio en la comunión. Ese Casio que ajustábamos con las señales horarias del telediario o la radio. Lo que te permita deshacer disputas cuando dos de los relojes de los miembros de la cuadrilla no coincidían. Es que lo he puesto en hora con los pitidos del parte, contestabas ufano.

Esa interlocución  servía  para unir generaciones. La de los críos que la preguntábamos y los mayores que nos contestaban (para un crío todo el que no es crío es mayor o viejo si es muy mayor).

Preguntabas educado la hora y te contestaban, eres el hijo de Maite?. Y luego le decían a tu ama que les habías preguntado la hora muy educadamente, lo que le hacía pensar  que el dinero que empleaba en el Sagrado Corazón era, en el fondo, una buena inversión.

Por lo menos en Gernika había distintas modalidades de relojes. La juventud gastaba digitales, sobre todo, el Casio que hizo furor en los ochenta. El colmo de la estupidez era uno con función calculadora que era como colgarse del brazo una tableta de chocolate, que incorporaba un teclado numérico  inaccesible, por si te daba por despejar la fórmula del pi al cuadrado. Chuleabas de ingenio pero lo jubiladas el día en el que dejabas marcado al defensa del equipo contrario.

Y los viejos de agujas, con correa de piel de cocodrilo, de esa que se cuarteaba y pedía banquillo al de seis meses. Entonces, tu aita se dirigía marcial a la joyería a buscar sustituto en el muestrario.

Aquí se daba el caso de un legado generacional, por el que el el reloj del abuelo iba rolando de padres a hijos como si fuera un fetiche. Solían ser ejemplares clásicos, de esfera de color ocre y agujas doradas. Modelos que no hacían concesiones a lo ornamental. Siempre guardaban una leyenda detrás del estilo de tu abuelo se fugó del penal del Dueso reflectando la luz con la esfera. Duraban hasta que el relojero advertía que los recambios había que traerlos de Nueva Caledonia con los que, como tantas veces en la vida, lo crematístico se imponía a lo emocional.

Los de mujer eran de dos tipos., O un hierrajo rígido con pinta de sortija ful de pasamanería o el que me ha recordado Chica9. Un camafeo que se colgaba al cuello y que guardaba  en el envés la foto de un antepasado que daba yuyu. En ambos casos con esfera diminuta, como si el género femenino no sufriera miopía. Salvo irredentas o amantes incondicionales del Limpiametales Netol, no soportaban una docena de puestas.

Donde pedir la hora era usanza era en la playa. Los mayores, salvo los del reloj heredado que morían con él puesto, se lo quitaban y te quedabas sin referencia. En muchas había reloj de sol o costumbres inveteradas (cuando en julio el sol de tarde pasa de la peña son más de las seis).

Toda la creatividad desapareció cuando el móvil se hizo moneda de uso común.

Puto móvil, la de creatividad que ha frenado,

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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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