IMPACIENCIA

Vivimos en la era de los influencers y la impaciencia. Hace muchos años era un pecado urbano. Porque en pueblos y aldeas se era pleno conocedor de que la siembra, el cultivo y la cosecha tenían sus propias etapas y fases. Incorruptibles e inveteradas. Toda requería su tiempo de cocción y aplicar el punto de fusión exacto.

Pero la puta globalización del mundo, la era cibernética y todas esas zarandajas, nos han llevado a que la gente haya perdido la virtud de esperar. Que endurece y enriquece. Se han difuminado los contornos de la ciudad y el agro, porque, al fin y al cabo, desde un invernadero de Emerando eres capaz de pillar 5G y hablar con un chino mientras juegas al Fortnite. Entonces pierdes interés por las costumbres, y te importa un mojón quién es la patrona de tu barrio o que el panadero que ahora te trae el pan fue en su momento de gloria el máximo goleador del equipo de tu aldea. En aquella añada en el que los astros se alinearon para militar en categoría nacional.

Se empieza desconociendo la historia de lo que te rodea y el resto se despeña solo. Ya lo decía el aita de Chica9, al cuerpo humano hay que educarle y la ausencia de paciencia convierte todo en un ahora y un aquí. Nadie espera ni conoce al Santo Job. Ni tampoco al lateral derecho del Español que jugaba con el mismo nombre, que metió el penalty el mismo día en el que el Pipiolo Losada tiro a las nubes de Leverkusen la ilusión perica en aquella tanda infernal.

La caída en desgracia de la espera paciente se traslada hasta las relaciones personales. Se confunde amor con enamoriscamiento y llamas amigo a aquel con el que te tomaste un café el día que Daniel Luque lidiaba aquella corrida de El Cura de Valverde a la que te llevaron engañado. Que así salió.

Como las reacciones humanas se encuentran todas inventadas, el hueco que deja libre la paciencia la ocupa el interés. Y cobran presencia aquellos que son capaces de sacar perras de una alcuza o los vivos que encuentran el atajo para terminar el marathon en la mitad de distancia. Cotiza al alza el listillo y se denigra a fajadores y zapadores, por considerar que derrochan constancia estéril y esfuerzo valdio.

Por ejemplo, cuando chica conoce a chico se ha proscrito el filtreo y el cortejo. Todo es tan directo que resulta estomagante y, si no se consigue, se abandona y a otra cosa. No empeñarte en deshacer los teóricamente imposibles priva de esa combatividad para soportar los baquetazos a los que, invariablemente, te somete lo que conlleva el querer, correr el riesgo de perder.

Esas dos líneas de un dibujo en simetría que pueden acercarse y separarse del eje, pero siempre en igual proporción. Exactamente lo que siento ahora con el sosiego del que, acostumbrado a despertarse con trash metal, sabe que amanecerá de por vida con Las Cuatro Estaciones de Vivaldi.

Es lo que pasa con la amistad que te visita un puñado de veces (de una mano) en tu vida. Observa dónde estás tú y a la misma distancia, al otro lado, estará él, y si te cansas de buscar en el papel en blanco, vuelve al eje, que al mismo tiempo volverá el que esperas. Infalible y nunca decepcionante coincidencia, en un mismo espacio y un mismo tiempo.

Es lo que tiene saber esperar. Que alguna vez llega aquello que ni te imaginabas estabas esperando.

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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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