TIO VIVO

Quizá cuando era sólo un renacuajo, a esa edad en la que aún no mereces tener cadáveres a tu espaldas, pensaba de la forma más intensa de lo que haya hecho jamás.

A veces, en la soledad de mi cuarto, o en uno de esos tediosos viajes familiares de fin de semana en un coche atestado, notaba cómo mi cerebro empezaba a funcionar a una velocidad excesiva.

Se convertía en una rueda fuera de control que iba escupiendo imágenes, pensamientos e ideas disruptuvas, como chispazos al rozarse contra un metal. Se iban amontonando sin darme opción siquiera a comprender y a asumir las consecuencias en su completa medida.

Allí empecé a desarrollar esa capacidad de evasión que, sólo con el paso de los años, maceré en concentración. Esa que permite centrarme con independencia de la atmósfera y la compañía que me rodea.

Un engranaje bajo el que me afirmaba y que no quería detener. De forma que, el final del viaje o la irrupción de una manifestación de vida en los confines de mi mundo interior me resultaba completamente incómoda. Eran sabotajes en los émbolos del cilindro de un motor de la cadena de mi pensamiento. Esa que me pertenecía sólo a mi. La sístole y la diástole del percutor afectivo que habría de acompañarme siempre.

Más o menos, como esos niños que, armados con un lápiz dibujan un triángulo en el papel; luego, un cuadrado pegado a él y lo rodean todo con un círculo concentico. Es un instrumento de la concentración, que se detona y va sombreando el papel mientras la figura geométrica crece en los márgenes del folio. Y, especialmente, en los recovecos de tu imaginación.

Se convierte en una estructura sin aparente sentid para los demás pero dotado de todo él para que que lo escribe. Un laberinto en cuyas líneas encuentras un asidero al que aferrarte. Una manera de impedir detener el tiovivo del cerebro para volver a sentirte dueño de tus pensamientos.

Disfrute de esa introspección durante muchos años y fui adicto al ensimismamiento (bucle melancólico) hasta el momento en el que, sin salir a buscarle, Chica9 me encontró.

Desde entonces pienso con, y, sobre todo para ella. En lugar de pintar figuras geométricas y sombrearlas para llenarlas de grisura con el grafito del lápiz, me tatúo una casa como la que se ha ha hecho el Celedón. Casa nueva con ventana y balcón.




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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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