EXCURSIONES (I)

Cuando eramos críos, el mundo era Gernika, y, por eso, el mundo finalizaba al norte en Forua, al sur en Muxika y en verano en la playa. Los únicos viajes, fuera de ese cosmos, se limitaban a Bilbao por imponderables como el médico especialista o vestirte en El Corte Inglés para una BBC (Bodas/Bautizos/Comuniones).

Y las excursiones escolares.

Eran nuestra ventana a un planeta completamente antagónico a aquel que acostubrábamos. Como en esos cuentos en los que te deslizas por un tobogán que te conduce hacia otro universo, ese del estilo Alicia en el país de las maravillas, donde los conejos hablan y los naipes pasean con bastón.

Como todo aquello que valoras en la vida, las excursiones eran un bien escaso. A lo sumo dos por curso. Una con aires culturetas (un museo, unas cuevas, la fabrica de la Coca Cola de Galdakao o La Gaviota en Bermeo) y otro lúdico, de fin de curso que era el que realmente motivaba.

Los previos tenían más burocracia que mandar una transferencia en soles a Bin Laden. Con varios días de antelación, férrea instrucción de los profesores sobre vestimenta y pertrechos, (indicando ropa de campaña adecuada según meteorología y aquello no permitido), invocación de que nadie osase mancillar el sacrosanto nombre del colegio haciendo el cabra (lo importante no era no hacerlo sino era que pasase inadvertido lo mangarranes que salían de allí) y autorización materna firmada. Aquello de la autorización tenia su porqué, ya que habían proliferado los accidentes de autobuses colegiales y el claustro no quería embrollos.

Pero el acabose llegaba en la mañana de la partida. Tu madre se levantaba con la fresca a hacerte el bocadillo y te mandaba a la panadería a por pan del día. A la que llegabas con legañas y, cuando pensabas que a aquellas horas no podía haber nadie, te encontrabas con el repartidor de Panrico que era quien suministraba los Donuts, que, eran en aquellos tiempos, el bien más preciado junto a las Panteras Rosas y los Tigretones.

A tu vuelta al hogar te encontrabas con tu madre que, a la velocidad del sonido, ensartaba el condumio en el pan, al tiempo se cascaba un tutorial sobre el contenido de la mochila que contaba con productos para cualquier tiempo de eventualidades (hambre, frio, tifón, maremoto, diarrea,sifilis,..) Y se detenía en las dos contenidos imprescindibles, el Optalidón (si te lo tomabas tenias garantía de no marearte según había jurado Rammón Sanchéz Ocaña) y la bolsa de mareo (por si Sanchez Ocaña no tenia ni puta idea).

Avanzabas hacia el autobús y, antes de partir, recibías uno de las enseñanzas de educación católica que mas han calado y rentado durante mi vida. Antes de una excursion hay que mear.

El autobus tenia sus propias reglas que marcaban tu viaje. Los malotes al asiento de atrás, los pringados delante con los que se mareaban, (junto con sus pack de bolsas), el profesor sentado en el asiento del copiloto hablando por un micrófono con el que Julio Iglesias ganó el festival de la canción de Benidorm “grsffffggggg srrrrfgttttd srrsrsfffuiu que os calléis”

La primera media hora se repetía como un cromo. Los que siempre devolvían tiraban la papilla, el profesor les reñía por haber desayunado Cola Cao sabiendo que había excursión, el chofer ponía una película mala de cojines, a la que nadie hacía ni puto caso salvo el gafotas que se quejaba que no se oía.

(CONTINUARÁ)

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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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