EL COSTUMBRES

Hay silencios característicos, como de la siesta de Viernes Santo de un pueblo de Castilla. Y ruidos que también lo son, inimitables, como el del crepitar del fuego en una chimenea, el del batir las bolas en un partido de tenis, el de la espuma que dejan las olas cuando se rompen en la orilla o el del pitido del móvil de Chica9 cada mañana.

Pero no hay ninguno tan distinto como el de la mañana de año nuevo, ruido propio de resaca.

En las primeras horas se cruzan los satélites que vuelven de fiesta, ataviados con el pack Nochevieja (matasuegras,espumilon gorrito de chino mandarín gilipollas, y andares zigzagueantes) con el montañero que acostumbra a desprecintar el nuevo dígito ascendiendo a un ocho mil. Mezcla de biorritnos, que presencia el espécimen que protagoniza este post, el Costumbres.

El Costumbres es un tipo de edad talluda pero indefinida, que no puede cambiar de registros ni un solo día. Por lo que, por mucho que sea año nuevo, madruga y sale a la calle a hacer una de nada, que es lo que se puede hacer al alba la primera jornada del calendario.

Aunque lo tiene todo en contra, porque no hay abierto ni un mísero bar en el que aliviarse con un café, una panadería para un bollo, un kiosco en el que pueda comprar un periódico o una gasolinera en la que comprar el bote para encerar el coche. Pese a ello, no ceja en su empeño callejero.

Y le ocurre como a los mercaderes cuando fueron despedidos colericamente del templo. Que se siente fuera de lugar, desprovisto de una rutina que de ordinario le guía, porque hace ya demasiado tiempo que simplificó su vida haciendo de la fuerza de la costumbre su guía y lumbre.

Así que deambula sin destino fijo. Más que nada, porque sabe que volver a casa es reconocer una derrota. Ya te lo dije que no salieras a deshoras a hacer el gilipollas le reprenderia su mujer, además con razón. Vislumbra un oasis cuando ve abiertas las fuerzas de pakis y los bazares chinos. Claro, estos celebran el año del perro, piensa. Pero el espejismo le dura poco, porque el siguiente remanso de vida es un salón de juegos, y es que las apuestas no paran ni en la resaca de San Silvestre.

Cuando tira las tres cartas y asume la derrota se sienta en un banco. No a meditar, porque la raza esteparia a la que pertenece El Costumbres no es de encadenar pensamientos profundos o reflexiones sesudas. Tampoco es tiempo de observación, porque no hay nada que observar cuando la muchachada anda durmiéndola y sus progenitores en la cocina, ajustando aplausitos al son de la marcha Radensky y empapándose de saltos de Ski por primera y última vez en el año.

Baja la cabeza y se mira las zapatillas J Jhayber. Son de la época en la que Primo de Rivera desterró a Unamuno a Fuerteventura, pero siguen con él porque les ha cogido cariño después de compartir más de diez mil paseos, treinta de ellos el día de año nuevo. Lo mismo que el jersey de cremallera jaspeado que estila en los viajes al Palacio de Invierno. En verano, tira del par de camisetas que le regalan cada temporada en las marchas y subidas a Artxanda y el Paga. Eso si que son días y no esta puta mierda, masculla.

Toma fuerzas y se levanta consolándose porque ya le queda poco. Sólo Reyes, pero por lo menos ese día, puede ir a comprar los roscones y repartirlos por las casas de toda la familia, como lleva haciendo desde que se casó.

Ya queda poco. 


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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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