TANGANA

Se nos acabó el tiempo de las tanganas. Aquellas ochenteras en campos de fútbol, que se reproducían por esporas ante un árbitro con barriguita (dicese Martin Navarrete), que se veía impotente para contener tanta irascibilidad.

Los ánimos exaltados se zanjaban, a lo sumo con un par de tarjetas porque nadie, a excepción de Paco Buyo o algun sudamericano desnortado, fingia para caer desmayado al contacto ajeno como ocurre ahora. Picaresca había, recordar al Piscinas Rubio cuando pisaba el área, pero presidia una patina de nobleza baturra que impedía mandar a la caseta (otra palabra descatalogada) a un compañero por algo que no había hecho.

El propio Villar no espero al veredicto arbitral después del croché a Cruyff. Asunción jesuística de los propios actos. Puro reflejo de la propia sociedad. Mientras que ahora ocurre al contrario, nos hemos convertido en un mundo de pillos, en los que sólo importa el resultado y no el medio para conseguirlo. Así que el fútbol o la propia vida se convierten en un parque temático de la impostura en donde nadie cuenta lo que de verdad le pasa. Y lo realmente importa es gastar aspecto de inocente, que es el aspecto que tienen casi todos los culpables.

Es lo que ocurre en los partidos infantiles. Los niños, claro, también aprenden, y encima cosas que muchos adultos no lo hacen jamás. Por ejemplo, que una cosa es lo que intentas hacer, lo que imaginas, y otra lo que te sale, y que hay que aceptar lo que te pasa, verle la parte buena y pensar que quizá no es lo que querías, pero igual es mejor porque lo que querías no era tan bueno.

A los mayores nos pasa exactamente lo contrario, nos bloquea el miedo al fracaso, a refulgir como un perdedor a los ojos de un entorno en el que no hay lugar para los fugitivos del paraíso de lo que se ha acuñado como éxito. Y al fracaso le pasa como a la mentira o el embarazo, o es o no es, no admite terrenos fronterizos.

Arrojar la baliza moral hacia los territorios de ultramar para acuñar el todo vale, atajos abyectos incluidos, para escaparse de una negrura que no se comparte: es cosa propia y exclusiva, intransferible.

Por eso me da náuseas toda esa empalagosaa verborrea sobre las enseñanza del fracaso con la que nos ametrallan como una salmodia. En el fracaso no hay ni dignidad ni glamour ni nada que a nadie pueda parecerle. Sólo puedes sacar en claro una compunción por no haber decidido. Porque es esa y no otra la verdadera lacra de esta sociedad, el no decidir ni desde las administraciones ni en carne de administrado.

El resto son novelas de caballerías. Por eso ahora podemos saber porque los futbolistas se desploman durante una tangana.Porque quieren esquivar ese regusto agrio y maloliente que deja el fracaso. Ese mismo que endosan al agraviado.


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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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