TRAGACANTO

Nunca he sido fan del gregarismo, al que sólo le reconozco el efecto del efluvio pasajero. Ese mismo que te cuesta regoldar tan poco como la comida en un vegetariano.

Por el contrario, creo que las cosas dependen de las personas, del individuo, y no tanto de los grupos o las religiones. Valga como ejemplo la escuela a la que fui en el poblado. En la misma clase, con el mismo temario y con las mismas monjas mercedarias tratando de enderezar conciencias con más voluntad que tino (el contexto ochentero no ayudaba) salió de todo. Un tipo apasionado por la enseñanza y un puñado que la detesta de por vida y por cada uno decente y trabajador media docena de rompeguitarras.

Curiosamente, lo que no propiciaba aquella educación es que floreciera la autonomía del individuo. La cadena de producción del pensamiento andaba más orientada hacia la fabricación de seres hechos para arracimarse y vivir en tribu.

Me imagino que traccionada por alguna terapia educativa católica destinada a controlar al rebaño demostrándole que cuestionarte las cosas es solo una pataleta sin sentido. No llego para analizar el origen, me quedo con la consecuencia.

Y a mis cuarenta y nueve puñaladas puedo hacer recuento del resultado de aquellos lodos en los que chapoteábamos en el Gernika tardofranquista. Por el contacto de tres décadas con mis colegas de pupitre he de reconocer que recubrieron a mi generación con una patina de felicidad simplona que sirve para engrasar la vida. Igual que ocurre con las ruedas de una bicicleta, que cuando rozan o hacen ruido, nada mejor que un poquito de aceite para engrasar los ejes.

Muchas veces pienso en todos aquellos a los que, o no nos aplicaron bien la grasa, o se nos cayó por el camino por que no estaba debidamente pegada con la goma de tragacanto. Esos que nos enredamos en defender la unidad de cuenta individual lo que a veces, y a golpe de reclamar autonomía, te convierta en un ser sin encaje en nada ni en donde.

Es el fruto de no terminar de entender que vivimos en la era de la superficialidad y es una soberana estupidez pretender alcanzar algo más hondo. Por ejemplo, en las relaciones mediante las que se trenza la socialización, en las que basta con una simulación del buen trato, (erigida a modo de falsa educación) porque nadie exige nada distinto.

Por ejemplo, ese gen independiente me ha permitido el alcanzar lo que considero uno de los grandes logros de mi vida, que comparto con Chica9 lo que me regala el don cenital de compartir la misma órbita vital con quien compartes cama.. Que no es otro que jamás pisar una ciudad con un plan de visita previsto.

Como lo turístico me resultaba abominable me situó en  las antípodas. Optamos por caminar, entrar en un bar, darte de bruces con un monumento,  o una localización singular sin haberlos buscado. Se trata, en conclusión, de tratar de aprehender las ruinas y conquistas de una persona corriente y moliente en esa ciudad que te es extraña constituye nuestra única idea de viaje.

Se que es el fruto de una tara en el acabado del producto y la asumo deportivamente. Pero he de reconocerles que su esfuerzo no fue en vano. Lograron, como a todos los de nuestra generación, hacernos bailar con la culpa al enamoriscarse con las cuatro cosas y media que dan picante al plúmbeo día a día, y, sobre todo, que siempre que subas a un autobús aproveches los cinco minutos previos para vaciar la vejiga.

Como en aquellas excursiones de fin de curso,

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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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