AGRO

La vuelta al poblado siempre hace que recuerde algún pasaje de mi juventud. En este caso el agro, que todo lo impregnaba en una estructura social rural en donde no había mucho refugio para la naturaleza urbanita. La misma que, veinte años después, se ha apoderado de Gernika,  convertida en villa dormitorio de aquellos que rentabilizan sus mañanas en gran Bilbao pero atrincheran sueños y holganza en un paraíso natural que preservan como parque temático del descanso.

Aquel empacho de agro juvenil me ha dejado distintas secuelas. La primera, abjurar de todos los mercados rurales con casetas de monopoly euskaldun, cuya máxima expresión en Santo Tomas, con talo disecado, label por un tubo, pastel vasco y queso de concurso y tomates ecológicos de todoamil. La segunda, me vacunó con triple dosis de esa gilipollez moderna que supone criticar, como si fuera tradición carpetovetonica, cualquier utilización del animal en servicio del hombre haciéndome entender la función instrumento del semoviente en el caserío.

En ese viaje desde lo rural hasta lo urbano y a costa de soportar plastas sobre el paraíso natural de Urdaibai, (sin tener ni puta idea de las razones por la que puede ser realmente un paraíso) me he construido un arquetipo. En el que embolso a todos aquellos que dan la tabarra con volver a lo natural, al amor inquebrantable a la tierra nutricia, los que proclaman un sentimiento bucólico de esos de fusión con la madre naturaleza o de los de encontrar las verdaderas raíces de muestra esencia personal,

Estos tipos abrazan el término «Naturaleza» y lo pronuncian con tal fervor que hacen sonar la mayúscula. Se haga llamar ecologista o senderista, naturista o cualquier -ista moderno de como quiera que se llame, es un convencido del mito del buen salvaje. Valora «lo natural», esa quimera de «lo natural», como positivo y valioso por el hecho mismo de juzgarlo como natural. Pero no se come un revuelto de jamón y amanitas faloides ni echa una partida de mus con un basurde para introducirse en la tierra como si fueran un espárrago.

Suelen partir en sus observaciones de una superioridad moral del que no piensa como ellos, por mor del pensamiento único. Y han hecho del amor a esa Arcadia de colorín plastidecor con la que han decidido representar a la naturaleza, una religión en su sentido más ñoño. SI espantas las hormigas que han asediado tu bote de leche condensada, se enfurruña, te anatematiza y te envía a arder en las llamas del infierno. Lo mismo que si espachurras y vacías de tu propia sangre al cabrón del mosquito que te lleva picando toda la noche.

Defienden como verdades absolutas ideas tan simplistas como que en los mataderoshay que apiolar al ganado por la técnica del susto y que el anzuelo que se jama el pez somete al mismo a una crueldad sicológca inadmisible de la que nunca se recuperará.

Son unos auténticos pelmazos, como todo espíritu religioso que se nombra a sí mismo albacea de una verdad divina, y acaban jodiendo a todo el mundo, especialmente a sus familias, haciéndoles engullir toneladas de soja y guisos de alverjones que saben a pienso para gallinas.

Con lo bonito que es e Urdaibai sin nadie que se lo inventé.


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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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