PARABRISAS

He pensado muchas veces que la cara más inmunda del alma humana se esconde en los parabrisas de los coches. Un canto a la sordidez mas viscosa de donde brotan las peores miserias que cada uno llevamos dentro.

En plena era tecnológica es difícil buscar una disciplina en la que se haya registrado una involución mayor que la de los adornos que se colocan en retrovisores y salpicaderos.

Gadgets setenteros eran el San Cristobal, por aquello del patronado de los vehículos, que, junto a los escapularios de San Juan de Gaztelugatxe, las cintas de la Virgen de Covadonga o del Pilar (tela bendecida), los rosarios, las medallas del Rocío o las cruces de Caravaca, reflejaban el culto a la deidad y a lo devoto que se respiraba. Para honrar a la sacrosanta familia, estaba el Papanocorras, con o sin fotos de la prole.

En cuanto el ambiente se desacralizó, les sucedieron el ambientador de pino que se acartonaba con el humo de la tercera caja de Habanos que fumaba tu padre para adoptar una densidad superior a la del osmio o las etiquetas pegajosas colocadas en la ventana del coche. Cutres y horteras, pero que han quedado como reliquias con un cierto atractivo demodé.

De ahi, pasamos al perrito con cara de lerdo y ojos saltones que no paraba de cabecear. Luego, en el pico de la inmundicia, aparecieron los Elvis, que micrófono en ristre, no paraban de brincar como un pelele sin dirección, construyendo elipses en el aire en el espacio entre piloto y copiloto. Entre ambos, tuvo su momento de gloria, la minibola de discoteca, o su alter ego, los CDs grises, que proyectaban los rayos de sol para cegar al conductor como hacíamos de críos en el poblado con los trozos de espejo que reflectaban.

Para no desentonar con la patina pretenciosa que iba tomando la sociedad vivimos el advenimiento de los atrapasueños siux, de moda hace unos años y bajo cuyas plumas,después de un par de años ejerciendo como colgantes, habitaban más anticuerpos que una doble dosis de AstraZeneca. Mi origen pueblerino, que felizmente actúa como inhibidor de la modernidad conceptual, hizo que nunca lo entendiera.

El nuevo siglo aterrizó con invenciones de origen diabólico, como los muñecos de felpa con interior de bolitas de forespan cuya reserva de ácaros garantiza suministro a los alérgicos para varios lustros, y esas multicolores serpientes de peluche, (sucesoras de las muñecas chochonas como premio de cabecera de mis añoradas barracas), que, arrojadas en el bandeja del espejo trasero, hacen que cada aparcamiento trasero sea un misterio insondable.

Nunca faltaron las almas patrióticas y deportivas (algún día alguien me explicará qué tipo de lujuria produce colocar banderitas tras los parabrisas), los que cuelgan peluches (ositos, pitufos, bobesponjas...). En el apartado de complementos absurdos he visto patas de conejo, corazones abombados con saetas ensartadas,  chaquetillas de torero, folclóricas, castañuelas, (y mira que tienen de horribles hasta el nombre), cencerros, trabucos en miniatura, navajas de Albacete, parejas de dados, que imploras te transformen en un remedo de Tom Cruise en Top Gun, calaveras, zapatos de bebé, ligas de novia, snoopies trasnochados, raquetas de pádel, pelotas de golf, tablas de surf, arcoíris, los sombreros mexicanos, .....

¿Quién da más?


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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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