LA INFAMIA

PROLOGO

 Debía esta última novela a Juan Astorqui. Y por las mismas razones que luego expondré había de ser la que cerrase la trilogía de Arcadio Vargas. 

  Era más o menos el mes de abril cuando me lo cruce y, aunque, como acostumbraba a hacer con los problemas, quitase hierro al asunto desviando la conversación hacia el empaque de Curro Díaz, ¡¡¡toreros como esos ya no se estilan Varguitas!!!, su extremada delgadez y la pérdida del brillo que siempre había lucido en sus vivarachos ojos terminaron de cantarme que el toro negro del cáncer le había prendido una cornada de incierta trayectoria. 

  Fiel a su estilo, decidió que aquello no iba a con él. Y nada mejor que enjaretarle una larga cambiada y orillarlo, como si no existiese. A decir verdad, es lo mismo que tantas veces había hecho a lo largo de su vida. Da igual que fuese con las tres madres de sus hijos, las incautas con las que compartiera tálamo, con sus cinco hijos, sus adicciones o sus pecados. Con todo excepto con el toro, al que siempre citó sin ventajas cumpliendo fielmente aquel pacto secreto que arrancaba desde cuando estaba echando los dientes en su San Miguel de Basauri natal. 

  Siguiendo la máxima de que “si no se habla de algo es que no existe”, decidió morir poniéndose el mundo por montera. ¿Para que volver al hospital? si los médicos iban a darle, una y otra vez, malas noticias. Y quién iba a ser el guapo de internar en una residencia a Cocherito de Bilbao II él que siempre había sido capaz de buscarse la vida por el lumpen de la villa, sin que le faltase rancho y jergón. 

  Seguía vistiendo la misma ropa a pesar de haber perdido más de 15 kilos por las dentelladas de la enfermedad. Se trataba de hacer lo mismo que antes, para que el problema se volatilizase. Como si fuese tan fácil como cuando se colaba junto a Caracolillo de madrugada en los corrales de Vista Alegre para dar pases a un sobrero que había quedado huérfano al acabar la última corrida. 

Ahora bien, en asuntos familiares cantaba que andaba justo de “peluco”. Huía como gato escaldado de la llamada que había de reconstruir una relación con sus hijos, dinamitada, por ultima vez, en su anteúltimo cumpleaños cuando se hizo acompañar a la fiesta de celebración, al más puro estilo de Don Hilarion, por las dos brasileñas con las que compartía casa y, probablemente, cama. 

  Fue capaz de torear por las afueras hasta que el toro negro le apretó de verdad y nuestro novillero se vio incapaz de encauzar sus embestidas valiéndose de una muletilla tan escasa. 

  Ahí apareció una de esas personas que te demuestran que ser amigo de Juan Astorqui era un verdadero honor. Omito su nombre porque creo que así lo prefiere, pero nunca olvidaré su silente esfuerzo en tantas idas y venidas al hospital, al ambulatorio y en las innumerables reuniones con la asistencia social en la búsqueda de residencia. La misma que, una vez encontrada, nunca visitaría. Ellos se lo perdieron.  

  Y eso, a pesar de que, a las primeras de cambio, se le distraía y aún sin fuerzas para dar dos pasos, se dirigía a lo que siempre había sido su hábitat natural, los arrabales de la Plaza de Toros. Probablemente para finalizar algún mandado que le había quedado pendiente o garantizar a una meretriz que, a cambio de un alivio rápido, tendría aseguradas entradas para las próximas corridas generales. 

  Pido al lector que me disculpe la licencia literaria que me he tomado en el libro para finiquitar la saga. Si me la he permitido es porque me parecía manifiestamente injusto el que las andanzas de un pícaro del siglo pasado y disfrutador impenitente tuviesen un epílogo tan mundano como aquel que acaece en una habitación de hospital rodeado de tubos con sobredosis de morfina. 

 Y D. Juan Astorqui Cánovas merecía, por lo menos, que el sueño eterno le atrapase encartelado mano a mano con quien siempre fue su "alter ego", Manuel Benítez El Cordobés. Y que sus ojos se le fuesen cerrando al término de la lidia, planeada en la luna de miel que disfrutase durante su segundo matrimonio en Villalobillos invitado por el quinto califa.

 

EL PRIMER CALIFA

  ‎El día en el que Astorqui moriría desayuno tarde. La noche anterior, en la que había abusado del vino de cariñena por los alrededores de la plaza de toros, se termino enzarzando en una discusión con un grupo de moritos que le terminaron despabilando los últimos veinte euros que llevaba encima. La sensación de fracaso, y sobre todo, el darse cuenta que cada vez se sentía más viejo y lento, le habían rondando toda la noche, sin dejarle descansar. 

  Por eso cuando llego a su mesa, y tras comprobar que, ni acumulando las reliquias ‎de frigorífico y despensa, podía componer algo que se pareciera a un desayuno, se dejó caer en el único sofá de su casa de Otxarkoaga. La misma que había heredado de sus padres cuando el Ayuntamiento les lanzó de su chabola en las postrimerías de los cincuenta, tratando de urbanizar el barrio. 

  Cosa rara en él, comenzó a pensar. Recordó el consejo que le había dado Conrado, un maletilla mirobrigense con el que compartiera tapia y peripecias, ya ajadas en blanco y negro, ‎"los buscavidas no podemos pararnos a pensar Juanito. Solo olvidando lo miserable que es nuestra vida podemos seguir arreando".

  Y la verdad era que se estaba quedando sin fuerzas para arrear. Como siempre le decía el hijoputa de Varguitas, el único que le había ayudado en los últimos tiempos sin esperar nada a cambio, se le había quedado parado el reloj en los tiempos del caudillo y llevaba cuarenta años sin darle cuerda. Y la verdad, a estas alturas, no era capaz de cambiar.

  Hasta aquellos moritos, cuando le escupieron después de aliviarle la cartera, ‎se lo habían gritado a dos centímetros de su cara "Puto viejo, parece que acabas de salir de un cementerio".

  Y por mucho se cagase en la Guardia Mora de Franco, tenían razón. Aunque no se lo hubiese reconocido a nadie, más que nada por vergüenza, se sentía como si en su vida, ya estuviese lidiando el sobrero de regalo, y que en cuanto el de las barbas doblase, las mulillas le iban a arrastrar junto con él. E intuía que no se iba a llevar ni tan solo una mísera vuelta y vuelta, como los filetes de ternera. Indiferencia que es lo que más le podía joder a un torero como él. 

  Nada más tenía que echarse un vistazo por lo que había sido su lugar en el mundo durante todos estos años, el lumpen de Bilbao, para darse cuenta de que estaba de sobra. Sus amigos, ya fuera por el cáncer, o en el mejor de los casos por la cirrosis iban cayendo día si y día también. Hasta el punto de que ya hacía años había abandonado uno de sus principales pasatiempos, leer las esquelas de El Comercio, para descojonarse de todos los que se habían cruzado por su vida sintiéndose importantes para terminar dejando de fumar y no por prescripción facultativa.

  Todos sus templos, las tabernas de la calle Cortes, San Francisco, y la calle General Concha, aquella que llevaba al lugar en el que más feliz había sido durante su vida, el Coso de Vista Alegre, habían terminado cerrando. Y para más INRI, su lugar lo ocupaban ahora tiendas explotadas por negros o moros, los mismos que le habían ‎afanado la víspera.

  El último, su querido “La Masía”, donde su dueño Teo Villano tantas veces le hubiera quitado el hambre, ya era historia e iba a ser sustituido por un bar de pinchos de moda donde la imagen del toro se utilizaba como reclamo zoológico para turistas. 

  Y por si fuera poco, la juventud s‎e había vuelto no ya antitaurina, que eso por lo menos le encendía y le daba fuerzas, sino que consideraba la fiesta como una reliquia de viejos y monigotes. Justo en lo que se había convertido él.

  Completamente abatido levanto la cabeza y de un refilonazo su mirada se topo con la foto de sus cinco hijos. No tenía ninguna de las tres mujeres que, con toda la razón del mundo, le habían abandonado. "Menuda putada que os he hecho trayéndoos a este mundo" pensó. 

  Después de aliviarse media botella de Moscatel ‎"Goya" última reserva de combustible que quedaba en el mueble bar, regalo del personal de la plaza de toros por el nacimiento del último de sus hijos, pensó que los toreros de raza no se repuchan al final de su carrera, por lo que no iba a ser él el que se convirtiese en Séneca a los setenta y seis años. 

  Cogió su raída americana, y tras pegar una verónica para quitar el polvo acumulado desde la batalla del Ebro, bajó rumboso a la calle. Tal y cómo había hecho durante toda su vida. 

  En aquel momento, nada hacía pensar que sería la última vez. 

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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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