HACE UN AÑO

Hay años que te parecen cinco, en los que cada día sangra y llora, como una letanía. Un quinario que no acaba nunca. En otros, en cambio, la sucesión de acontecimientos imprime un repriss en los que, como si fuese el túnel del viento, te duermes en junio de un año y desayunas en la última semana de mayo del siguiente. Como si nada hubiese cambiado, cuando realmente, todo es distinto.

Quizás sea por el confort que te da el asirte a la realidad con el arnés el pasado, pero me gusta que mi compadre JP me recuerde, a golpe de whatsapp, que tal día como hoy, en la añada de 2019, andabamos manteniendo en pie el sueño. Más que nada para que no se convirtiese en pesadilla, y que el sapo gordo eructase algo tan amargo como la desaparición.

En la LEB ORO. A duras penas. Como ese tentempié que nos regalaban de canis y que nunca terminaban de estabilizarse. Da igual Palencia, donde libramos la batalla en el quinto asalto o Valladolid, que nos dejó tumefacto el mentón. Agarrados con la punta de las dedos al precipicio, aguantamos boqueando hasta aquel fin de semana.

Sábado, semifinal. En la última recta del tercer cuarto el Melilla nos encierra contra las cuerdas. Falla un triple que nos hubiese anclado diez abajo. La presión, lejos de amenazar catapulta. Triple de un Rafa Huertas resucitado de as catacumbas del olvido la desde el lateral donde se ubican los Deabruak. Supone un toque de retreta. Se desata el parcial de 12-0, boca a boca insuflado a la gloria de las diez mil personas que abarrotan Miribilla y primera batalla cobrada por abrasión. Quedaba el Palma.

Domingo, dos de junio. Calor tórrido. Rival correoso. Todo o nada. Oviedo en la memoria. Allí empezó todo. La reconstrucción del desguace que supuso el binomio descenso-concurso. Cuando aterrizaron en Pumarìn cuatrocientas almas teñidas del negro Bilbao Basket, que un seis de octubre no aspiraban más allá de reconstruir el espíritu errante de un equipo desde los restos y reliquias que dejaban los récords del pasado supe que lo conseguiriamos. O que, por lo menos, aquella afición merecía el esfuerzo de intentarlo. Por ilusionante. Por perseverante. Por meritoria.

Pocos se acuerdan que cuando se rayaba el último minuto, Palma tuvo el ataque para cobrar ventaja, Que Brown se cobro un 2+1 inverosímil para dejar la balanza de nuestro lado. Que Tomas Schreiner, nervios de acero de fabricación austriaca, decidió parar el tiempo en el reloj de Miribilla.

En aquel vuelo del balón iba el peso de 25 años de historia, de la regeneración del Ave Fénix del basket en Bilbao. Quintales a través de la atmósfera del cielo de Bilbao. Viajaban Kopicki y Lockhart, Josean Figueroa, el Patronato, el pabellón de Maristas, Mitxel Ureta, Gabi Gangoiti, Vidorreta, el Águilas, el alma del Pabellón de la Casilla. Nunca dos segundos duraron tanto. Jamás el roce de la red liberó tanta adrenalina, el júbilo de las gargantas rompió el nudo de rabia acumulado en el estómago. No iban a poder con nosotros. Eramos resilentes. Antes de que se inventase el concepto lo llevábamos impreso en la piel. En carne viva.

Trescientos sesenta y cinco días después, el proyecto se ha consolidado, estamos en Europa, con un staff técnico valorado en todo el país, una plantilla implicada y un club que emana mensajes de sosiego. Sólo una cosa sigue siendo igual. El principal valor del club. Su gente.

Pero seguimos teniendo memoria. Y nos acordamos de mi amigo Edu Martínez, del bueno de Osval y su sonrisa perenne, del Gordo Larssen y su bonhomía, de Leo que tras más de una década aprendiendo a ser mas persona que jugador fuera de su Brasil natal, consiguió enrolarse en el Flamengo, de Jorge Elorduy, en racha de ascensos, de Huertas y Mendikote, luchando en la caverna de la LEB. Todos ellos siguen siendo de los nuestros. Y más el dos de junio. El día en que todo cambio.


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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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