AJETREO

La clave me la dio mi aita cuando ya andaba enredado en las cuitas que, me imagino que te asaltan, cuando te sabes perforado por un cancer y empiezas a intuir los títulos de crédito. Cuando le pregunté porque seguía imbuido en el ajetreo existencial que, por lo menos yo siempre le había conocido, me contestó con un solemne, porque así no me da tiempo para pensar.

Me imagino que el trajín vital se lo impuso como placebo para tanta grisura de su postguerra. En aquel Urdaibai, corazón de una Euskadi que, como ha ocurrido en todas las contiendas bélicas de los últimos tres siglos se había alistado con el bando perdedor, no debían de existir los colores. La vida era gris. A nadie se le ocurría vestir a un niño o una niña con una prenda roja, o amarilla, o verde.

Y es que, muchas veces, la vida no te da a elegir. A el le ocurrió cuando se quedó huérfano una mañana de año nuevo, por el atropello de un coche que volvía de celebrar San Silvestre donde quiera donde. Ya es jodienda que en un mundo sin coches te atropelle el único de los que pasa. Cuestión de sino.

O, mirado de otro modo, será que en nuestro sino familiar va impreso el salir a deshora, desafiando riesgos y tempestades y despreciando lo que canta el convencionalismo. Eso sí, somos de los que nunca dejan nada a medias ni a los amigos en la estacada. Lo hizo el abuelo al irse a la mar para buscarse la lumbre, al más puro estilo busturiano, y más a la trágala a mi aita y su hermano Javier cuando, como muchos otros, tuvieron que enrolarse en un banco y una caja de chicosparatodo y estudiar por las noches para tratar de progresar. A la fuerza ahorcan.

Me imagino que de aquellos lodos construirían los barros de aquella fidelidad a la antigua usanza al empleador, en el que se acabaron jubilando, a pesar de que, a su salida, aquel banco o aquella caja no eran más que una xerocopia movida de lo que culturalmente o en materia de valores habían conocido.

Es evidente que lo que hacemos en una vida nos pasa factura tarde o temprano. Y probablemente aquello les doto de un estoicismo que, bañado de irreductilidad euskaldun, les privó de flexibilidad y empatía en la mies de nuestra educación. Apuesta denodada por ahormar a sus vástagos para protegerles, y que aprovechasen las oportunidades que ellos no tuvieron. Esfuerzo titánico por los demás equivocando completamente la venta del producto. Y es que a los vascos no se nos da bien el marketing. Si supiéramos vender otro gallo nos hubiera cantado.

Es lo que ocurre cuando te exiges tanto a ti mismo, que terminas haciéndolo también a los demás. Que en muchas ocasiones no lo entienden hasta muchos años después, cuando, tras los tirabuzones de la vida, se sienten agradecidos de que te hayan inoculado unos valores tan férreos. Aunque pienses que también hubiera sido posible hacerlo mostrándose más humanos y sensibles. Que no hubiera pasado nada porque alguna vez se les escapase un te quiero.

Debía este post a chica9. Andaba en deuda con ella ya que, cuando me pregunta porque soy tan inquieto, no se que responderle. Necesitaba introspección. Ahora  ya lo sabe, es para no pensar. Entre otras cosas, en la distancia que me separa del objetivo. La vida es extraña. Cuanto más dura parece a veces y más amarga resulta, te compensa con lo inesperado. Para que podamos sobrellevarla.


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Acerca de Asier Guezuraga Asier Guezuraga Ugalde, nació en Busturia el 9/4/1972. Pasó su juventud en pleno corazón de la Bizkaia profunda, la villa de Gernika, de cuyos recuerdos se nutre este blog. Taurino irredento, hace compatible su odio al fútbol moderno siendo hooligan del Gernika Club, el mejor equipo del mundo hasta que alguien demuestre lo contrario, Juntaletras de novela negra con dos novelas publicadas, apasionado del baloncesto, cocinillas y sobre todas las cosas, muy frikie.
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